martes 22 de diciembre de 2009

EL ARTE TAMBIÉN ES EL VACÍO... AHORA


El lugar vacío de la Cosa es el vacío, o, a la inversa, el vacío es de la Cosa, es donde no hay nada, de modo que, a través del significante puro (discurso fundador) se dice que lo que hay es el “algo” que “es” en vez de nada, y esto es lo que vendría a ser el síntoma.

En lo que respecta al término que Bourdieu denomina distinción, hay que destacar las categorías que a partir de ella se derivan: los sistemas de disposiciones, los modos de apropiación de la obra de arte y el sustitutivo simbólico, nociones que son inherentes a las prácticas sociales de la burguesía, es decir, están por dentro del orden simbólico. Esto arroja como resultado que el UNO o point de capiton sea la distinción, y que a través de lo que ésta define, se manifieste en la realidad las prácticas sociales de la burguesía.

Inicialmente está la distinción como pantalla contenedora del vacío, éste se forma en la relación de identificación que hay entre el sujeto y el Gran otro u orden simbólico, ya que mientras el primero ve en el segundo, lo mismo ocurre a la inversa; en efecto, más que ver lo mismo el uno en el otro, lo que está presente es la fantasía como argumento imaginario que llena el vacío a través del siguiente mecanismo: el deseo del sujeto no es suyo sino el deseo del Gran Otro de él, es decir, lo que el Gran Otro quiere de él, pero la fantasía invierte el sentido y lo que pareciera es que el sujeto es el que desea cuando en realidad está imposibilitado para traducir este deseo del Otro.

El sujeto se identifica sin saberlo con el deseo del orden simbólico. Para empezar, lo que se da es una relación diferencial, o sea, una diferenciación entre unas clases y otras, entre la burguesía y otras clases, y esto, a su vez, implica un sistema de disposiciones basado en conjuntos de preferencias que hacen que una clase no sólo sea distinta de la otra, sino que también tenga cierto tipo de distintivos que marcan esta diferencia. Lo que este sistema de disposiciones quiere del sujeto se traduce en lo que éste tiene que hacer, a título de burgués, para diferenciarse de otras clases, pero es inconsciente de esto y su deseo es el de reproducir tales prácticas y conductas, manifestación del síntoma.

Hasta aquí lo cierto es que el sujeto encarna el vacío de la imposibilidad de responder la pregunta del Otro, a saber, qué quieres de mí. Además, como ya se ha mencionado, existe una fantasía cuya función es la de ocultar el vacío que es la falta en el Otro. En realidad no hay nada detrás de la fantasía, por eso mismo es fantasía. La ideología burguesa estructura desde la fantasía de sí la subjetividad. El curso de la realidad dependerá del discurso hegemónico que, en este caso, lo detenta la burguesía. En otras palabras, en la medida en que el discurso burgués inscribe ciertas prácticas en la realidad, éstas van a ser susceptibles de ser acogidas, interiorizadas y reproducidas por el sujeto.

Respecto a esto está el que la adquisición de una obra de arte determina, más que lo que se está dispuesto a pagar por ella, cómo una clase o fracción de clase (sobre todo dominante) se constituye en este acto mercantil como propietaria de cierto nivel “cultural”. En efecto, los modos de la apropiación de la obra de arte diferencian no sólo a una clase de otra, sino al modus vivendi y manera de reproducir su existencia que tienen unas y otras clases. Así es cómo el sujeto se cose al mandato de la burguesía; aquí se manifiesta el síntoma que es donde radica el goce que da consistencia simbólica: en el cumplimiento irracional del mandato de la burguesía. En la medida en que el síntoma es inherente al discurso hegemónico es tapado por él, es decir, se trata de un vacío tapado.

Este síntoma aparece como externo a la realidad cuando a decir verdad está por dentro de ella, en cambio, el discurso fundador (la distinción), en tanto está ya atrapado lo Real, no tiene referente porque no hay realidad detrás de él, por eso mismo es discurso fundador, es el point de capiton que arma el campo ideológico desde el núcleo de éste, y esto hace de él que, como significante puro a nivel del lenguaje, sea vacío. La pantalla se asienta en este vacío y ya que a partir de ella se ha creado un relato, es factible que se construya la fantasía ideológica. Ésta, a más de inscribir en la realidad los sistemas de disposiciones y los modos en que el sujeto se apropia de la obra de arte, hace de esta apropiación un sustitutivo simbólico.

El poseer algo (en este caso algún tipo de objeto considerado como obra de arte) permite al poseedor constituirse alguien exclusivo que, al poseer este tipo de bienes, consecuentemente posee el gusto por dicho objeto, es decir, que para ser merecedor no sólo de una obra de arte sino también del gusto que impulsa a apropiársela, necesariamente se debe contar con la capacidad adquisitiva que distancia a un tipo de consumidor de otro, en otras palabras, al que esté dispuesto y al que no a pagar lo que sea necesario para poseer la obra de arte. Esto hace de la apropiación algo simbólico, acto-síntoma que ocupa el lugar allí donde el significante falta; la fantasía-objeto llena la falta en el Otro (el orden del significante).

Como ya se dijo, la fantasía ideológica que impone en la realidad el discurso hegemónico burgués, estructura la subjetividad que, a su vez, se encarna en este acto simbólico de apropiación de la obra de arte. En la manifestación de este Gran Otro que a través del discurso burgués dicta estas prácticas, la distinción es el regulador de este orden. Sin embargo, hay algunos objetos que están definitivamente excluidos de la fantasía y son aquellos que están cerca de la Cosa traumática; la dimensión de verdad se abre gracias al falso reconocimiento de tal Cosa, de manera que este objet petit a que está en la Cosa encarnado, lo buscamos en la realidad porque es la objetivación del vacío positivado en la realidad mediante el significante.

Esta pulsión de goce es la búsqueda de la plenitud que es la cosa perdida. La distinción como pantalla, por su parte, a partir del orden simbólico evita el encuentro del sujeto con el vacío que, en realidad es él mismo, a saber, un lugar vacío en la estructura del significante. Es por esto que el orden del significante (Gran Otro) y el del goce (la Cosa como su encarnación) son mutuamente incongruentes. No obstante, dentro del mismo orden simbólico se asienta la Cosa sobre el lugar “entre las dos muertes” que se abre por el proceso de historización implicando el vacío, un núcleo no histórico en torno al que se articula la red simbólica. Es por esto que si se destruye el universo simbólico (Gran Otro) desaparece la red del significante. Si se aniquila el orden simbólico dentro del que ha inscrito la burguesía como discurso hegemónico sus prácticas, se aniquila también el significante puro que es la distinción.

La distinción como significante puro es un objeto que ocupa un lugar, sustituye y llena el lugar vacío de la Cosa como el vacío, es un objeto cuyo cuerpo positivo es la encarnación de la Nada. Cualquier tipo de práctica social, cultura política, ideología no hegemónica o tipo de sociedad que no calce en el modelo ideológico impuesto por la burguesía, vendría a representar el chivo expiatorio de tal por cuanto contradice el ideal que ella totaliza como supuesto sujeto de saber. En tanto que el sistema de disposiciones entendido como conjunto de preferencias que diferencian unas clases de otras, la adquisición de cierto tipo de obras de arte se siga constituyendo como un acto mercantil definitorio del nivel cultural a que las clases dominantes tienen acceso, y que esto haga de la apropiación algo simbólico, en definitiva, constituyen a la burguesía como el sujeto fundador de estas formas de reproducción de ideología y de existencia en general.

Dentro de las sociedades burguesas, las precedentes, son sólo una de las formas en que se les es adjudicado el poder, de modo que fenómenos como el acceso masivo al arte serán el chivo expiatorio necesario para responsabilizarse como contradicciones de tal ideología inscrita en la realidad. En la actualidad, el carácter masivo del mercado ha propiciado que la burguesía haya dejado de ser la única con el poder de adquisición y acceso a apropiarse de obras de arte (hecho que antes constituía uno de sus distintivos), por tal, la sociedad de masas vendría a representar el “mal necesario” de la burguesía pero entendido como chivo expiatorio sobre quien recae el peso de la contradicción del discurso.

La ideología burguesa, en la medida en que se inscribe en las prácticas cotidianas como hegemónica, al mismo tiempo y como consecuencia de esto, se constituye en el supuesto sujeto de saber, es decir, quien detenta la palabra, la verdad. En lo que respecta a las esferas del arte, es ella la propietaria del conocimiento, por tanto, si al interior de la apropiación de arte o cualquier tipo de producto artístico en general, está determinado que las clases dominantes de una sociedad son el público privilegiado para el consumo de este tipo de bienes, pues vendrán a ser los actores burgueses de una sociedad quienes decidan no sólo qué es arte y qué no, sino también quién puede y quién no consumirlo y poseerlo.

La distinción es el point de capiton que acolcha las características inherentes al modo burgués de reproducción de la existencia. Además, como discurso fundador que es, una vez que ha sido atrapado lo Real, define la ideología que se inscribe en la realidad y que, consecuentemente, determina que sea la burguesía y su discurso hegemónico el sujeto supuesto de saber que encuentra, en cuanto a modos de apropiación del arte se refiere, su chivo expiatorio en la sociedad de masas debido al carácter masivo del mercado. Como ya se dijo, el sistema de disposiciones, la apropiación de obras de arte como indicador del nivel cultural de las clases dominantes y dicha apropiación como sustitutivo simbólico, son todos el síntoma como cumplimiento irracional del mandato de la burguesía.

La falta en el Otro, las incongruencias manifestadas como contradicción en la realidad son el vacío, y para taparlo aparece el síntoma ya mencionado, por lo tanto el vacío es un vacío tapado. La contradicción del mandato de la burguesía que se evidencia en la realidad está excluida de la fantasía ideológica del discurso burgués, es la que se acerca a la Cosa y por ende se da un falso reconocimiento de tal, la Cosa ocupa el lugar vacío en la estructura del significante; se trata del mismo sujeto (es la S tachada, bloqueada). Consecuentemente, la Cosa se ubica en un núcleo no histórico alrededor del que se articula la red simbólica.

miércoles 1 de julio de 2009


martes 9 de junio de 2009

el laberinto del sueño


donde se pierden los demonios de la memoria